miércoles, 11 de noviembre de 2015

ORDEN Y DESORDEN: Manual de supervivencia en PAREJA


Manual de superviviencia en pareja: orden y desorden



 Supervivencia en pareja


Hay obsesivos del control y desordenados crónicos. Pero, ¿cuál es su nivel de compatibilidad en pareja? Estas son algunas combinaciones posibles y algunos consejos para amarse y…. ¡sobrevivir!

'Contigo pan y cebolla...' y calcetines sucios, montañas de periódicos, armarios que revientan al abrirlos y vasos de yogur sobre el brazo del sofá... El amor sobrevive a esto y mucho más. Pero, ¿y la convivencia? Eso es otra cosa: orden y desorden y las diferentes maneras de entenderlos son un clásico en los reproches de la vida a dos. 
Hasta Michelle Obama hace chistes sobre los calcetines que el presidente norteamericano deja por ahí. Lo cual indica que solo el sentido del humor ayuda sobrellevar la cuestión. La paciencia, no. Tal vez no vendría mal efectuar un test de convivencia en algunas parejas, ya que su antagonismo puede llegar a convertir su vida en un infierno. 
Lee este catálogo de casos perdidos... Algunos pueden tener solución. 
Caso 1
Obseso del control frente a razonable amante del orden
-Él. Sin duda es un maniaco, pero no puede evitarlo. Si no organiza los botes de especias por colores, los tomos de la biblioteca por orden alfabético y los zapatos guardando la misma distancia unos de otros, le parece que el caos terminará con la civilización. 
-Ella. Coloca cada cosa en su sitio, pero sin perfeccionismos. Eso sí, puede amontonar en su mesa varias multas impagadas y guardar sus zapatos (y los de él) sin fijarse si izquierdo y derecho están correctamente emparejados. ¿Qué importancia tiene si Tolstói está colocado en la estantería después de Turgueniev? Los dos son rusos, ¿no? Eso es lo importante. 
-El problema. Un obsesivo del orden vive su necesidad de control con tal exigencia que cualquier mínima transgresión de las normas establecidas (por él, claro) puede causarle una grave desestabilización: es fácil verle realineando las revistas almacenadas encima del aparador, tras el paso, plumero en mano, de la persona que está limpiando, o colocando los frascos de mermelada y mostaza por tamaños. 
Seguramente es capaz de montar en cólera si alguien, por error, roza el cable de una de sus maquinitas, algo casi imposible de evitar puesto que están por todas partes. Es lógico que la otra persona se sienta agredida en algún momento, sobre todo cuando estos ataques de orden ocurren en mitad de una conversación o cuando él toma la decisión de reorganizar el armario del cuarto de baño sin contar con su opinión. Él espera, encima, que se lo agradezcan, mientras que ella lo considera una injerencia intolerable… y encima no encuentra nada.
Una posible solución  -Quizá el quid esté en dejar a él que “controle” su propensión al control: es decir, convertirlo en un arma positiva para los dos, que además aplaque periódicamente sus ataques de ordenitis. Que se ocupe de recolocar de vez en cuando el contenido de los espacios comunes, de pensar nuevos métodos de organización de armarios y cajones y de comprar (y montar) los útiles necesarios, como estanterías, cajas, etc. Esto le mantendrá ocupado, y además se sentirá respetado y valorado, porque desde luego talento para organizar cosas y sacar sitio dónde no lo hay tiene. Y puede que no le parezca tan terrible que esa taza de café lleve toda la tarde en el fregadero…
Caso 2
Maniaca del orden frente a la personificación del caos
-Ella. Es la reina del orden, la emperatriz de la armonía de los objetos, los colores, los tamaños… Pobre, vive permanentemente atacada, entre chaquetas, zapatos y tuppers fuera de su sitio (por culpa de él). 
-Él. El anticristo doméstico y emperador… del caos absoluto. Cualquier lugar es bueno para albergar su ropa interior –limpia o usada–, junto con las llaves del garaje, el cepillo de dientes que desapareció hace un mes, el suplemento de libros y una pizza que abandonó cuando sonó un teléfono. Su desorden ralla inevitablemente con la falta de higiene, no hace falta dar detalles. 
-El problema. La pregunta es: ¿cómo es posible que una pareja así haya podido ni siquiera nacer? Sin embargo, esta combinación es más frecuente de lo que parece. Al principio de su relación, ella se sintió liberada de sus obsesiones y encontraba casi poético el desastre de él. Mientras que él pensó que su chica podría aportarle tranquilidad y ayuda en su vida cotidiana. Pero la magia de este tipo de mezclas no puede durar, y la relación de pareja acaba pareciéndose más a la de unos padres con sus hijos adolescentes. 
-Una posible solución
Quizá pueda dar resultado la regla de respetar las zonas comunes a cambio de disponer de un “agujero” propio donde reine el desorden sin medida. Pero solo si el caótico de la pareja acepta, sin sentirse ofendido, el paternalismo que supone ir ordenando detrás de él las cosas (y, por supuesto, la parte afectada hace lo propio sin culpabilizar al otro) este tipo de parejas puede funcionar. 
Caso 3 
Dos caóticos asociados 
-Ella y él. Ambos tienen la misma concepción del orden (o del desorden): una gran operación limpieza de vez en cuando y, mientras tanto, un caos controlado. Saben bien dónde localizar las recetas de antihistamínicos del hijo pequeño, entre un cúmulo de llaves, hojas de propaganda que nadie se ocupó de tirar a la basura y las instrucciones del último juego de la Nintendo que papá dejó sobre su mesilla antes de quedarse dormido hace ya varios meses (exactamente el día después de Reyes). Golosinas abandonadas, resguardos de taxi y algún bote vacío de crema de manos conviven con soltura aquí y allá. Pero cada uno sabe localizar (aparentemente) sus cosas. 
-El problema. El desastre puede ir acumulándose sin medida, a pesar de que ambos parecen sentirse a gusto en él. Un elemento de discordia añadido es que la gente desordenada suele coger las cosas de los demás, sin darle mucha importancia. Con lo que el impermeable de cualquiera de los dos acaba sobre un radiador, tieso y sucio y, a la hora de utilizarlo de nuevo, no solo es difícil localizarlo, sino ponérselo. Cuando empieza a ser imposible encontrar nada, el mal rollo crece y devora el glamour de una vida sin reglas burguesas. Y qué decir de las operaciones de orden general, ambos con el chándal puesto un día entero.
Una posible solución 
Algunas personas necesitan una pequeña terapia psicológica. Si esto suena demasiado brusco, siempre pueden recurrir a los métodos de coaching. Un especialista que nos enseña a ordenar o un experto que, directamente, visita nuestra casa y se encarga de aconsejarnos la mejor manera de encajar cada cosa. Más económico es proteger algunas zonas de la casa del desorden, para impedir que se produzca una situación sin retorno. 
La mirada psicológica, por Mariela Michelena (psicoanalista). 
● El orden –o el desorden exterior– está íntimamente relacionado con el orden –o el desorden– interno. Quien puede mantener bajo control sentimientos, pensamientos o impulsos, suele tener una relación cómoda con sus objetos externos, de manera que siempre sabe dónde están las tijeras, pero no se angustia si el vestido que usó el fin de semana pasado todavía está fuera de lugar. 
● Suele ser más cómodo moverse en una casa ordenada, hasta que el orden se convierte en obsesión y parece que, más que vivir, estamos en un museo. La extrema necesidad de control, es la otra cara del terror a perder las riendas por completo. La fuerza de los impulsos sexuales y agresivos suele ser proporcional a la necesidad de mantenerlos a raya. 
● Por otra parte, los acumuladores, sumidos en su caos, ocultan una terrible sensación de vacío: “¡Estoy llena, como mi casa! ¡No me falta de nada!”. La mayoría toleramos nuestras carencias y mantenemos más o menos bajo control nuestros impulsos. Cualquiera de los extremos es síntoma de una patologí