sábado, 10 de octubre de 2015

PROCRASTINACIÒN Y CIENCIA

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La procrastinación es la tendencia a posponer el inicio o finalización de las tareas, que genera sentimientos de inquietud, nerviosismo o abatimiento. Según Díaz Morales, hay tres tipos de procrastinadores: “Los que procrastinan por miedo a hacerlo mal; los que retrasan sus tareas por pura indecisión; y aquellos otros que no encuentran la motivación hasta que la presión por quedarse sin tiempo les fuerza a actuar”.
El procrastinador cae en una espiral de angustia y abatimiento. Foto CC BY Trinito Tolueno.
El poeta romántico inglés Samuel Coleridge arruinó su existencia por su irresistible tendencia a dejar sus asuntos para otro momento: no contestaba las cartas, no cumplía sus plazos de entrega y se eternizaba en acabar sus obras. Uno de sus más célebres poemas, el Kubla Khan, lejos de los 200 o 300 versos que el poeta preveía, sólo tiene 54. Coleridge era un procrastinador crónico que acabó su vida triste, solo y perseguido por sus acreedores.
Francisco Díaz Morales, profesor de psicología en la Universidad Complutense, habla de la procrastinación como “la tendencia a posponer el inicio o finalización de las tareas, que genera sentimientos de inquietud, nerviosismo o abatimiento. Hasta que no se aproxima fatídicamente la fecha límite para realizar estas tareas, no nos ocupamos de ellas”.
La procrastinación no debe confundirse con la postergación, en la que cierta actividad se impone a otra más importante. Muy al contrario, el procrastinador suele distraerse en otras tareas irrelevantes pero que ofrecen una satisfacción inmediata y no a largo plazo: ver la televisión, fumar un cigarrillo, zambullirse en las redes sociales…
La ecuación de la procrastinación
La procrastinación se produce esencialmente por una falta de motivación para acometer una tarea. Para entender la falta de motivación como causante de este mal, el experto en procrastinación, Piers Steel, desarrolló una ecuación que tiene en cuenta la expectativa, valoración, impulsividad y demora de la satisfacción, en las acciones que realizamos.
Motivación = (E x V) / (I x D).
La ecuación considera primeramente la expectativa, si esperamos que terminar la tarea sea fácil o difícil, y la valoración, el placer o recompensa que obtendremos al realizar una actividad. Estos factores se oponen a la impulsividad, esto es, la tendencia a realizar acometer actividades sin reflexionarlo previamente, y la demora de la satisfacción, pues no es lo mismo saber que la tarea se concluirá rápidamente, obteniendo beneficios inmediatos, que tener que esperar un largo periodo hasta obtener los frutos de nuestro trabajo.
Más allá de resultados numéricos, lo interesante de esta ecuación es entender cómo se relacionan las diversas variantes entre sí. Podemos comprender cómo, a pesar de que hacer ejercicio es muy positivo, casi nunca se acuda al gimnasio: o bien la demora de la satisfacción es demasiado alta, ya que tener un buen físico llegará a medio-largo plazo, o somos personas demasiado impulsivas y enseguida abandonamos la actividad física por otra que veamos más interesante.
Recompensa inmediata
Piers Steel explica en su libro Procrastinación, cómo esta patología puede ser una respuesta al proceso evolutivo humano. Desde los inicios del hombre sus preocupaciones han sido siempre inmediatas: comer, dormir, escapar del depredador o reproducirse. El ser humano está programado para actuar y obtener una recompensa en ese mismo instante; proyecta su interés y esfuerzo hacia actividades que conllevan una satisfacción o recompensa inmediatas, en lugar trabajar en tareas de escasa valoración personal y satisfacción a largo plazo.
El psicólogo canadiense explica además que la procrastinación puede suponer graves pérdidas para la economía de un país como EE.UU, donde calcula que se pierde cerca de 1 billón de euros al año, debido a este problema.
Los psicólogos especializados en este mal han desarrollado diversas estrategias para que los procrastinadores planifiquen y trabajen de manera más estructurada. El primer consejo es priorizar el trabajo diariamente: saber en cada momento qué debe hacerse, y acometer dicho trabajo de manera automática, sin pensarlo dos veces. Es muy positivo también destinar 15 minutos diarios a planificar con claridad qué tareas, las más urgentes y relevantes, deberán ser realizadas al día siguiente.
Por otro lado, resulta muy eficaz estructurar la actividad de trabajo en bloques de tiempo fijos, con pequeños descansos que sirven como autorrecompensa por el esfuerzo. Así, por ejemplo, una actividad de trabajo puede extenderse durante 25 minutos para, acto seguido, descansar 5 minutos, creando bloques de trabajo-descanso de 30 minutos. Cada cuatro bloques, es decir, dos horas, habrá un descanso largo de 30 minutos y de nuevo comenzará el ciclo.
La simplificación del entorno en que se desarrolla la actividad es igualmente recomendable: mantener el entorno de trabajo siempre limpio y ordenado, además de reducir el número de estímulos que pueden llegar a interrumpir la concentración.