jueves, 3 de septiembre de 2015

SALUD: Cuida tu SALUD EMOCIONAL

En la consulta de psiquiatría abundan dos tipos de pacientes: unos están anclados en el pasado y se sienten culpables por lo que hicieron o no hicieron; pero también existen los que se encuentran angustiados por el futuro propio o el de sus familiares: el trabajo del marido o de la mujer, la posible enfermedad de la madre, el fin de carrera de los hijos, son algunas de las preocupaciones más frecuentes. En definitiva: no saben vivir el presente.

La importancia de vivir el ahora

Dos historias de la vida cotidiana: Felipe está en tratamiento psiquiátrico por una depresión. Su discurso siempre es el mismo: recuerda con tristeza los años de infancia y juventud y los malos tratos que recibió de su padre alcohólico. Insiste: “Tengo la imagen de mi padre golpeándome con el cinto, que no me deja un instante”. Aunque ha conseguido una buena posición económica y social y tiene una familia con tres hijos maravillosos y se siente querido y valorado por su mujer, su pasado enturbia su presente. No puede ser feliz.

En el otro extremo se encuentra Antonia: siempre preocupada por lo que va a ocurrir. Su hijo de dieciocho años no sabe si encontrará trabajo, a su marido, que lleva veinte años en la empresa teme que le despidan (aunque por el momento no hay ningún dato que indique que eso pueda ocurrir) y además se encuentra en un continuo sobresalto por el temor a que pueda producirse un atentado terrorista. Todas estas vivencias ocasionan un gran sentimiento de ansiedad y no puede concentrarse en la lectura y últimamente ha comenzado a tener insomnio.

vivir el pasado, presente y futuro
Felipe y Antonia son dos maneras de existir en función del calendario; uno permanece en el pasado y la otra quiere adelantarse al futuro. Ambos no viven el presente sino que están o en el triste pasado o proyectándose con ansiedad en el futuro.

Pero lo decisivo y determinante no es lo que hemos pasado o lo que va a ocurrir sino la forma cómo cada uno de nosotros metaboliza los hechos pasados y se plantea los acontecimientos futuros. El hombre, pues, no es el resultado de un calendario, ni de un reloj, sino es el resultado de la manera que ha vivido o va a vivir los hechos de su existencia. Por esto podemos afirmar que una persona no se distingue por su pasado o futuro, sino por la manera de elaborar y metabolizar cada una de sus experiencias, tanto las positivas como las negativas.

Además, mal vive el pasado el que queda fijado a normas, valores y actitudes que no le ayudan a crecer sino a menguar. Aquí habría que recordar la aptitud de resiliencia, que toda persona tiene, que no es otra cosa que su capacidad para adaptarse a las pasadas, presentes y nuevas experiencias, en un intento por crecer psicológicamente.

El riesgo del pasado es que sea tan abrumador que paralice el presente o que impida un presente saludable. Así lo describe gráficamente Ionesco en una de sus obras, donde un hombre compra un piso nuevo y lo llena de muebles viejos, que prácticamente no dejan sitio para caminar. Esto mismo ocurre cuando el pasado está omnipresente en el momento actual. Debemos, pues, aprender a seleccionar y saber soltar amarras para que el presente no se encuentre en el vacío (sin historia), pero tampoco paralizado por el pasado.
Por esto, la mente humana, que es muy sabia, de forma espontánea reduce el pasado a varias anécdotas o acontecimientos más o menos importantes: la muerte de un amigo o familiar, el primer día del colegio o de la universidad, el primer amor, el nacimiento de un hijo, etc. Tenemos pues, una memoria selectiva y es una manera de transmitir, también, que el ser humano es algo más que un calendario (hechos, acontecimientos, fechas, etc.) pues de modo inconsciente ponemos un filtro a nuestras experiencias pasadas. En ocasiones, además, hipertrofiamos unas o descalificamos a otras dependiendo del momento presente.

Te sugiero, querido lector, que hagas una prueba e intentes recordar tu vida pasada de veinte, treinta, cuarenta o más años. El resultado será que todo se reduce a unos cuantos acontecimientos. Es lo que le ocurrió a un amigo mío, que cuando tenía unos treinta años comenzó un tratamiento psicoanalítico y en la primera entrevista el terapeuta le pidió que le relatara su vida. Este amigo me dijo: “Me quedé sorprendido que en poco más de media hora pudiera relatar toda mi existencia”.

Lo mismo ocurre cuando queremos anticiparnos al futuro. Nuestro gran miedo no es a morir, sino a envejecer: ir resbalándonos hacia un deterioro físico y mental. Pero la realidad es que si eso se produce será de forma paulatina y progresiva y no de forma súbita y sin posibilidad de adaptación. Aquí quiero recordar un pensamiento que se atribuye a Carl Jung y que ofrece la receta para esta situación angustiosa: “una persona teme envejecer en la medida que no vive realmente el presente”.

El peso del pasado

El pasado de cada persona es el soporte del presente. Es más: el pasado es donde se fabrica el presente. Además cada pasado es intransferible: las experiencias, los hechos, las circunstancias que cada individuo ha vivido son irrepetibles y, además, propias. De alguna manera somos en tanto en cuanto hemos vivido, pero también en tanto en cuanto programamos nuestro futuro.
Sin embargo, aunque es cierto que no podemos vivir sin el pasado, no podemos quedarnos ‘enganchados’, como peces en una red, de las experiencias anteriores por muy traumáticas que hayan sido.

Los recuerdos, pues, como parte de nuestra existencia deben estar presentes en cada momento, pero no pueden ser las únicas fuerzas para seguir viviendo. “De recuerdos no se vive” se suele decir, pues provocaría anquilosamiento y retroceso psicológico. Es más, si eso ocurriera nos podría ocurrir lo que la Biblia relata de la mujer de Lot, que se convirtió en estatua de sal, es decir, que nos podríamos quedar petrificados en el pasado, sin opciones para progresar y crecer.

Vivir sanamente el pasado es rescatar aquellas experiencias que han servido como trampolín para el crecimiento psicológico y rechazar aquellas otras que han sido traumáticas y no han podido ser metabolizadas y aprovechadas para conseguir un equilibrio saludadable.

El peso del futuro

Sin futuro, no habría presente; el presente tiene un pasado pero necesita un futuro. Sin futuro dejaríamos de existir. Ahí reside la fuerza, pero también el riesgo del mañana: debe ser acicate para seguir viviendo, pero no causa de angustia como ocurre cuando el sujeto quiere como atrapar lo que va a ocurrir. Es lo que le ocurre al padre o a la madre que sienten angustia por el devenir de los hijos, en un intento por controlar lo incontrolable: su trabajo, pareja, número de hijos, etc.
Tampoco podemos contemplar el futuro como fin de los problemas del presente: “Esto se solucionará cuando tenga un piso, consiga un empleo estable, me case o tenga un hijo”, se suele decir para amortiguar la angustia presente. Pero la dura realidad es que esa es una manera de hipotecar nuestra felicidad con situaciones que a lo mejor no se producen, e incluso el hecho de que se produzcan no garantiza nuestro bienestar. Es una forma de paliar nuestro malestar presente poniendo la solución en el futuro o en la otra vida (el cielo como recompensa).
Vivir sanamente el futuro no es compatible con una programación exhaustiva y hasta el último detalle del mañana, sino más bien partiendo de un proyecto abierto ir desarrollando todo el recorrido como si de una larga escalera se tratara, con peldaños de diferentes alturas, hasta llegar al último piso: la felicidad.

Vivir sanamente el presente

Se pueden distinguir tres formas patológicas de vivir el tiempo: la persona depresiva se siente invadida por la culpa del pasado y el miedo al futuro; la persona ansiosa quiere adelantar el futuro y parece como si le faltara tiempo para realizar las tareas cotidianas y la persona maníaca pretende transformar el presente: su euforia y alegría desbordante es una manera de huir de la situación angustiosa del momento actual. La normalidad se encuentra en ser capaz de armonizar esos tres instantes: pasado-presente-futuro.
Es cierto, como afirma Rollo May, que el hombre tiene el poder de “mirar antes y después” para tomar conciencia de sí mismo. Así, si tengo que ir a una entrevista de trabajo, es bueno que ensaye antes lo que voy a decir (futuro) y que tenga en cuenta experiencias parecidas anteriores (pasado). Pero estas vivencias pasadas no son determinantes para la actualización presente: así no podemos ampararnos en que nuestra familia de origen fue un caos (padre alcohólico, malos tratos, graves problemas económicos, etc.) para justificar los actuales resultados académicos o la mala relación de pareja. Tampoco el futuro puede invadir de tal manera nuestras vidas que nos bloquee, ya que esa angustia es estéril por doble motivo: no sirve para resolver el problema (pues aún éste no se ha producido) y además está produciendo angustia que lo único que genera es más angustia.

Veamos un caso frecuente de la vida cotidiana. Recuerdo que cuando me estaba sacando el carnet de conducir mi escena temida era que tuviera un pinchazo, en plena noche de invierno y en una carretera desértica. ¿Cómo solucionar ese problema? La realidad es que, después de casi treinta años de conducir, he sufrido varios pinchazos, pero ninguno en la situación temida; y lo más curioso es que siempre he encontrado alguna solución: un taller mecánico próximo, la ayuda de un buen samaritano y en el último pinchazo yo mismo me decidí a cambiar solo la rueda. El futuro se había hecho presente pero entonces mi mente se puso en movimiento y encontró una buena salida. La moraleja de todo esto es que, cuando el problema futuro se hace presente, siempre tenemos más recursos personales y psicológicos para solucionarlo que cuando simplemente lo fantaseamos. Y esto se puede aplicar a una enfermedad, al despido del trabajo, a la muerte de un ser querido y a “los mil y un problemas” que imaginamos, pero cuando se producen, las consecuencias no son tan letales.

También para vivir sanamente el presente debemos considerar de manera individualizada los diferentes problemas y no vivirlos de forma global como un todo: la enfermedad del marido, el bajo rendimiento académico de un hijo, los problemas laborales y un largo etcétera pueden estar presentes en nuestras vidas. La única salida válida es lo que ya se recoge en la célebre frase de Julio César: “divide y vencerás”, es decir hay que fragmentar los problemas e intentar soluciones parciales, no globales.
Además no debemos contemplar el futuro como si fuera el cuento de la lechera de Samaniego, al revés. Es decir, existen personas que se sienten dominadas por pensamientos muy pesimistas en los que van encadenando acontecimientos negativos hasta llegar a la enfermedad terminal, la ruina o la muerte. Por ejemplo piensan: voy a tener un accidente y perderé las dos piernas y entonces no podré trabajar y mis hijos se morirán de hambre y mi única salida será el suicidio. Esto es el cuento de la Lechera, pero al revés, pues el final no es el éxito sino el fracaso.


ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra y catedrático de Psicopatología